Cuando nos enfrentamos a situaciones difíciles es muy importante saber mantener los pies en la tierra para no caer en depresiones, así como contar con el apoyo de terceras personas que nos guíen e impidan que nos sumerjamos en una tristeza infinita que nos impida continuar. El contacto con los demás en los momentos más tristes y en los episodios más duros de nuestra vida es muy importante para poder llegar a ver la luz al final de túnel y para aprender a crearnos nuevas esperanzas y objetivos futuros. Los sueños y los anhelos nos ayudan a superar el día a día con la esperanza puesta en un mañana mejor.

En definitiva, rodearnos de cosas positivas es la mejor medicina para no flaquear y para asumir nuestros fracasos y/o penas como algo que forma parte de la vida de manera inevitable. Aprender a pensar de forma constructiva y no destructiva es la base para una vida sana y feliz. La amistad, salir de casa y hacer cosas nuevas, hablar de lo que nos sucede, confiar en los demás, compartir charlas y cafés, dar paseos solos y en compañía disfrutando de las bondades y maravillas que nos brinda la naturaleza…son terapias sanas, además de económicas, que tenemos que practicar para llevar una vida equilibrada y con las menos tristezas posibles.

 

EL PODER DE LA ABRAZOTERAPIA

 

abrazos en la abrazoterapiaY de entre todas las medicinas sanas a las que podemos agarrarnos y aferrarnos con todas nuestras fuerzas para conseguir salir de un bache, la mejor sin duda alguna es la de los abrazos. Una terapia milenaria que alivia cualquier dolor y hasta el corazón más roto. Un bálsamo que puede aplicarse a cualquier tipo de persona, en cualquier momento y situación de su vida, y  por supuesto, a cualquier edad. El contacto con los demás, saber que gozamos de su respeto, admiración y cariño, además de su compañía, así como la idea de saber que no estamos solos y de que tenemos un hombro seguro y fuerte en el que llorar y desahogar nuestras desolaciones, es en sí mismo disfrutar de una fortuna infinita.

Desde que nacemos, nuestros padres, familiares y demás seres queridos, procuran regocijarnos en sus brazos con caricias y abrazos que nos den calor, que nos sumerjan en un mundo lleno de seguridad y confianza, en una burbuja repleta de sueños, promesas y mucho amor. Es por ello que el abrazo continúa reconfortándonos de la misma forma conforme va pasando el tiempo, y nunca mueren nuestras ganas internas de recibirlos.

Crecer puede conducirnos a ser parte de un mundo que no siempre alcanzamos a comprender, o a encerrarnos en nosotros mismos y a alejarnos de las muestras de cariño hacia los demás. Sin embargo, incluso en el interior del corazón más duro y de la persona más independiente y poco cariñosa, seguirán existiendo esas ganas de alzar los brazos a otros cuando se pase mal. Como los niños pequeños cuando se caen y se rasgan las rodillas por querer correr y descubrir el mundo. Cuando tropezamos en la vida, seguimos necesitando esos abrazos que nuestras madres nos daban, y que nos recomponían la herida y el alma.

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