Buena parte de la emoción de los primeros tiempos tenía que ver no ya con lo que hacíais juntos, sino con lo que tú planeabas o preparabas para el otro con cierta ilusión. 

HACER COSAS POR EL OTRO

avivar el amor en la parejaAtenciones, detalles… Eso te hacía pasar el día de oficina con buen humor (haré una llamada, iré a la salida de su trabajo, prepararé una cena especial, tengo que contarle esto, me pondré el perfume que me regaló, propondré esa posturita que…). Si éstas te parecen cosas del pasado es porque en algún momento –y por alguna extraña razón- supusiste que sobraban, que todas esas cosas divertidas, gratificantes y románticas ya no eran necesarias. 

Si dejaste de hacerlas por completo y hace mucho tiempo, lo más probable es que te parezca que va a ser un poco raro el retomar a estas alturas aquellas dulces iniciativas. Si ya no teníais por costumbre el celebrar algún aniversario, podéis inventar otros nuevos: “Porque hace seis meses que decidimos mudarnos”, “Porque hace un año que no fumas”… 

Aprovecha los cambios: si se ha cambiado el corte de pelo, por ejemplo, ésta es buena ocasión para recuperar el piropeo abandonado; o si va a estar al frente de la comunidad de vecinos, para volver a dar muestras de admiración y apoyo. En cuanto a los obsequios, a discreción. Sin fecha. A menudo tememos no acertar y, como hay confianza, terminamos preguntándole al otro qué quiere. Una sorpresa menos y una rutina más. Usad el truco de la caja. Consiste en tener una cajita reservada.

Cada uno de los miembros de la pareja podrá escribir sus caprichos en papelitos doblados que irá metiendo dentro. Cuantos más, mejor. Cuando el otro quiera hacernos un regalo inesperado, partirá del acierto asegurado y esto le animará. El factor sorpresa no habrá desaparecido del todo. Podréis utilizar este sistema para hacer todo tipo de solicitudes (objetos, salidas, fantasías sexuales…).

También conviene hacer un esfuerzo por aceptar las propuestas súbitas de vuestra pareja, que no tenga que pedir audiencia para contar contigo. En este sentido, la rigidez permanente (“No podemos ir ahora porque no me has avisado con dos semanas de antelación”) puede resultar muy frustrante para el otro. Nuevamente, súmate a sus ideas. Anímate.

HACER COSAS CON EL OTRO

Tened presente que el trabajo, las tareas de la casa o los niños siempre podrán llegar ser una excusa para dejar de hacer juntos las cosas que os gustaban. Ningún cesto de plancha merece que dejéis de ir a cenar. Ningún informe merece que anules el cine del viernes. Si se trata de algo eventual y no hay más remedio que tenerlo listo el sábado, compra ya las entradas para el domingo. Si compartís actividades estimulantes, cada uno tendrá la ocasión de entretenerse, ver al otro curioso y feliz, descubrir nuevas reacciones o ideas en cada uno y en la pareja.

Reserva siempre tiempo para lo sugerente y lo interesante. Cuando te sorprendas pensando que tu pareja ya no dice cosas fascinantes, pregúntate qué más podría decirse acerca de esa factura o de ese huevo frito. No mucho. Anotad en vuestra agenda un listado de cosas que ver o hacer, agregad a “Mis Favoritos” las páginas de Internet en las que se ofertan viajes, anuncian restaurantes o proponen actividades culturales. Con estos criterios de búsqueda tendréis alternativas de ocio para todo el mes. Con el paso del tiempo, las cosas que habéis descubierto y aprendido juntos os unirán más que las que habéis comprado y pagado.

HACER COSAS SIN EL OTRO

amor en pareja¡Qué ironía! Los médicos se esfuerzan por separar a los hermanos siameses y nosotros nos empeñamos en adherirnos a la pareja. En este sentido, tenemos dos modalidades: la de los enamorados que se apartan por completo del mundanal ruido y la de los compañeros que ya sólo se divierten estando con los amigos comunes.

En los casos más descompensados, sólo uno de los miembros de la díada ha integrado al otro dentro del grupo de sus amigos o de su familia. En pocas palabras, le ha invitado a la fiesta de su vida. Uno se divierte al máximo, el otro…, está. El incorporado, por su parte, o bien ha descuidado por completo su terreno social –si lo tenía- o bien no ha presentado a su pareja más allá del: “Es Paco. Tanto gusto”. 

Hacer cosas por separado o tratar a otras personas por cuenta propia brinda temas de conversación, pone a prueba la confianza mutua y evita la sensación de total seguridad que relaja nuestro interés. Si eres el invitado, retoma tus contactos. Si ya es tarde para eso, apúntate a clases de alguna actividad que te apetezca y súmate al café de la salida. Si eres el anfitrión, anima al otro a buscar nuevos espacios. Esto requerirá tacto. No se trata de echarle, sino de darle alas y de celebrar sus nuevas relaciones.

En cuanto a las parejas solitarias cuyos miembros siempre lo fueron, tienen la ventaja –relativa- de no estar tan expuestas al problema de la rutina. Con los años, cada uno suele haber desarrollado, por separado, la capacidad de llevarse bien con sus propias horas. Erasmo de Rótterdam resumía: “El que conoce el arte de vivir consigo mismo ignora el aburrimiento”. Eventualmente, su relación podrá brindarles el deseo de iniciar actividades insólitas.

En cierto sentido, sus sentimientos no van a depender tanto de la diversión o de las novedades sociales que les brinde esta relación. Por otro lado, como introvertidos, suelen encontrarse a gusto adquiriendo o intercambiando la clase de costumbres hogareñas que otros considerarían rutinarias. Bastante unidos y entretenidos, sin embargo, pueden tender al aislamiento. Cuidado con esto.

LA IMPORTANCIA DEL DIÁLOGO

Los novios que no viven juntos parecen tener muchas anécdotas que contarse. Pero, si nos fijamos bien, lo cierto es que cualquier pareja de instituto se encuentra muchas más veces a lo largo del día que las parejas adultas (se despiden por la mañana y se encuentran en casa por la noche). Por lo tanto, el no tener qué contarse, no sólo tiene que ver con la duración de las separaciones. Depende también del gusto (conservado o perdido) por asombrar al otro con los últimos sucesos o por hacerle partícipe de nuestras últimas ocurrencias. 

En este sentido, debemos recordar que bastan unas pocas señales de indiferencia para que el otro deje de pensar en nosotros (“¡Tengo que contárselo!”) cuando no estamos o de emocionarse con la sola idea de nuestra escucha. Una de las principales fuentes de felicidad y de unión entre dos personas la encontramos en sus conversaciones. Pero hay que saber conservar este placer, en uno mismo y en el otro. 
Para que este aspecto de la relación no decaiga, debemos conservar nuestra capacidad para expresar asombro, valorar las confidencias que el otro nos hace, participar del tema que pone sobre la mesa y ofrecer nuestro punto de vista. Por su parte, quien inicia la conversación puede tratar de captar la atención del otro con expresiones de suspense: “¿A qué no sabes qué…?”, “¿y qué crees que me dijo?” o “adivina lo que pensé”. Por otro lado, podemos tener en cuenta otro instrumento: los mensajes de texto del móvil.

Si cada vez que nos ocurre algo extraordinario nos apresuramos a llamar, no habremos tenido tiempo de madurar individualmente lo sucedido. Y, por si esto fuera poco, habremos consumido un tema. Prueba a mandar tan sólo un mensaje con un breve anticipo misterioso: “El jefe ha querido verme en su despacho. Ya te contaré.”.

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